Angela Vicario | La Madre Paleolítica
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La Madre Paleolítica

 

La Venus de Willendorf es una estatuilla tallada en piedra de bulto redondo que data del paleolítico superior. Fue descubierta en 1908 y no está muy claro si representa a una mujer embarazada o a una perteneciente a una alta clase social. Sin embargo, lo que sí se sabe es que tanto las pinturas rupestres como las estatuillas de esta época invocan a la realidad que se ha dibujado. Son las primeras representaciones simbólicas del hombre, y son una síntesis de enseñanzas sagradas y profanas, pues no hay distinción entre ambos conceptos. Además, las representaciones están muy vinculadas a lo mágico, pues permanecen una vez muerto el artista. Puede que éste sea el nacimiento del concepto de inmortalidad. Sin embargo, uno de los aspectos más importantes de este arte paleolítico es que se hace para el clan y crea comunidad: a finales del paleolítico y ya en el neolítico (cuando se comienza a representar al hombre de forma asidua) no se pintan ni tallan rostros, pues lo importante es la comunidad, no el indivíduo.

 

***

Hábil estaba terminando su obra. No recordaba cuántos soles había tardado en hacerla, pues solo podía trabajar en ella cuando no tenía otra cosa que hacer. Y siempre había mucho por hacer. En ocasiones, las jornadas se sucedían una tras otra, y su estatuilla permanecía oculta entre las pieles, lejos de sus manos. Sin embargo, el Clan sabía que era importante para ella. Cuando comenzó, miraban su trabajo de reojo y poco a poco perdieron el miedo de acercarse a observarlo de cerca. Empezaron a comprender. Cuando se hizo con la piedra y comenzó a dedicarle más tiempo a ella que a sus tareas, sus hermanos trataron de disuadirla. Sin embargo, con el tiempo, el Clan se había dado cuenta de que la estatuilla era importante, no solo para ella, sino para todo el grupo. La figura de mujer era más valiosa que las puntas de lanza: Hábil estaba tallando algo mágico, algo que los protegería y colmaría al clan con más hijos. Hábil había encontrado la forma de hablar con la Madre.

 

Allí, a los pies del glaciar, los regalos de la tierra se agotaban pronto y los inviernos eran tan duros que el Clan sólo podría sobrevivir si crecía y se volvía fuerte. Hábil lo sabía, por eso había decidido hacer la estatuilla. Ella era La Madre, la que les daba la vida. Pero todo el Clan sabía que no podían pedir a las Deidades sin ofrecer algo a cambio.

 

Lo que el Clan hacía con sus propias manos se convertía en realidad: las pinturas de las cuevas renacían en animales de carne y huero, ¿por qué no intentar algo similar para suplicar a la Madre nuevas vidas dentro del grupo? Sin embargo, no era aquella su única razón para permanecer ausente en las reuniones del Clan, tallando silencio alejada de los demás. Se había dado cuenta de que lo único que quedaría de ella tras su muerte, sería lo que había hecho en vida. Incapaz de concebir, la sangre de su sangre nunca vería la luz del mundo: por eso rogaba por los demás a través de la estatuilla, por eso quería crear algo que quedara en la tierra cuando ella ya no estuviera.

 

Sin hijos y sin un hombre que se hubiera acercado a ella, Hábil tenía a sus hermanos y al resto del Clan, pero se sabía débil y asustadiza, demasiado del mundo de los vivos para hablar con las Deidades, demasiado espiritual para sentirse cómoda con sus congéneres. Todo lo que tenía, eran sus manos.

 

Contempló la estatuilla. Como no estaba permitido representar rostros, no había tallado ojos, ni boca, ni nariz. No era ninguna mujer, y era todas al mismo tiempo. Era mortal, y era la Madre. Por eso, si tallaba las fracciones del Clan, su espíritu podría quedar atrapado para siempre en la piedra, a merced de la nada, pues ya no sería mujer, pero tampoco Deidad.

 

Sin embargo, no había podido reprimir la fuerza que la impulsó a tallar la estatuilla con la forma del cuerpo de Cabellos de Fuego. Llevaba ocho lunas preñada de su cuarto hijo. Los cuatro eran de Jefe, y él no dejaba que nadie más se acercara a ella cuando llevaba un bebé en su interior. Cabellos de Fuego sólo tenía ojos para Jefe, pues era el más poderoso del clan. Hábil la miraba en secreto. Sabía muy bien que debía mantenerse alejada de ella mientras se encontrara en estado, pero nada le impedía observarla a veces desde la lejanía. Incluso cuando no llevaba a un hijo de Jefe en el vientre, Hábil no se atrevía a acercarse a ella.

 

Por eso su único consuelo era fusionarla con La Madre. Al no tallar su rostro tal vez las Deidades, en vez de apropiarse de su destino, la colmarían con más hijos y partos fáciles. Sin embargo, la estatuilla no era para Cabellos de Fuego, sino para todo el Clan. Era una ofrenda a La Madre para que la tribu pudiera ser más numerosa y llevar una vida sin hambruna ni enfermedad. Hábil la contempló una última vez antes de llevársela a Bruja. Ella sabría cómo utilizarla, pues era ella quien le había permitido tallarla. Si Bruja se lo hubiese prohibido, jamás habría osado comenzarla. Bruja sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal. Era tan sabia que a veces, tenía más poder que Jefe. Pero solo en ocasiones especiales. Como aquella, en la que Hábil había tallado el cuerpo de una mujer. El cuerpo de Cabellos de Fuego.

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