Angela Vicario | E01. Entre la Gloria y el Olvido: Los Romanov
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E01. Entre la Gloria y el Olvido: Los Romanov

Sean bienvenidas, vuesas mercedes. Como ya os he advertido, soy gran amante de la historia. Como escritora y (casi) profesional de la ficción, considero los acontecimientos que marcaron el devenir de la humanidad increíblemente inspiradores. Suele decirse que la realidad supera a la ficción, y el muchas ocasiones, es cierto. Hoy os traigo un episodio bastante conocido pero que no deja de fascinarme y, espero, os encandile a vosotros tanto como a mi. En esta entrada, en la que la narrativa escrita y hablada se complementan, no está todo lo que me gustaría decir sobre los últimos Zares. Hay demasiado por contar, y mi bibliografía es limitada, sin embargo, lo más importante es que os enganchéis a la Historia con mayúsculas. Esto es un aperitivo: vendré con mucho más de otros pasajes de nuestro pasado. ¿Lo importante? Que si os gusta, tomeis esto como el prólogo de una realidad mucho más amplia. La Historia nunca se descubre por completo, ¡y eso es lo mejor de todo! ¿Quién sabe en qué acontecimiento histórico encontraréis la inspiración para vuestro próximo escrito?

 

 

CON LA COLABORACIÓN DE LAS VOCES DE:

 

Ignacio Losada como Félix Yusúpov

Javier Gómez como Rasputín

Adrián Maqueda como el Zar Nicolás

Andrés Rey como Yurovski

****

Cuando Nicolás vio a Alix por primera vez, le pasó completamente inadvertida. Fue en la boda de su tío, el duque Sergio, que se desposaba con la hermana mayor de ella. Nicolás, de dieciséis años, se limitó a cumplir tímidamente con los saludos de cortesía y las presentaciones propias de este tipo de celebraciones. Sin embargo, y aunque para todos los que les rodeaban, se trataba de una fiesta más en medio de la frenética pompa y circunstancia rusa, para ellos  era el comienzo de un final trágico.

 

Cinco años después, Alix volvió a San Petesburgo con motivo de una visita a su hermana. Era 1889, y la nieta de la reina Victoria de Inglaterra contaba ya con diecisiete años. Nicolás, retraído y pusilánime, quedó prendado del porte y la arrebatadora personalidad de Alix de Hesse-Darmstadt. La joven alemana, por su parte, sintió que repentinamente, ya nada merecía la pena si no estaba junto al zarévich. Desde entonces, y durante años, lo único que pudieron hacer fue intercambiarse apasionadas cartas de amor y luchar contra los intentos de sus familias por concertarles matrimonios con otros. Los jóvenes enamorados lo tenían difícil: Alix no era la esposa que los zares buscaban para Nicolás. Era alemana, el principado de su padre era pequeño y rural, y… bueno, Nicolás era el heredero de todas las Rusias. Obviamente, no podía casarse con una cualquiera.

 

Alejandro III solo cedió a las demandas de su hijo cuando su salud comenzó a fallar en 1894. Finalmente, Nicolás viajó a Inglaterra junto con el sacerdote personal del Zar, el padre Yányshev. Allí lo esperaban la Reina Victoria y su amada Alix. La joven prometida del zarévich debía convertirse del luteranismo al protestantismo para poder casarse con Nicolás, y aunque aún tenía dudas, Alix estaba dispuesta a pagar el precio de un cambio de fe con tal de estar para siempre con su Nicky. Así que, antes de partir, el padre Yánishev la instruyó en el protestantismo. Nicolás, por su parte, la colmó con todo tipo de obsequios y a la hora de la despedida, le regaló un broche de refulgentes diamantes en cuyo dorso podía leerse Nicky’s goodbye tear.  Era la lágrima de un adiós que pronto se convertiría en una bienvenida.

 

Alix llegó en otoño de aquel año a Rusia, coincidiendo su venida con la muerte del Zar. Las habladurías acerca del mal fario que traía consigo la alemana no tardaron en esparcirse por el país. La princesa no empezaba con buen pie. Pero tampoco remontaría: la Emperatriz Viuda la dejó siempre de lado, reemplazándola en su papel como zarina; las damas de la corte estaban con el enemigo; y el pueblo nunca llegó a quererla. Sin embargo, Alix de Hesse–Darmstadt, ahora rebautizada como Alejandra Fiódorovna Románova, tenía el carácter necesario para enfrentarse a su suegra y a toda la corte, si era necesario.

 

Aquellas desavenencias con todo lo que rodeaba a su esposa, no hicieron que el nuevo Zar la quisiera menos, y aunque Nicolás, sumiso ante su arrolladora progenitora, no hizo nada por dar a Alejandra el papel que le correspondía, ella tampoco dejó de amarlo. La nueva zarina pronto dejó de aparecer en público: Aunque al principio quedó deslumbrada por el encanto de San Petesburgo, en seguida descubrió que no le gustaba el contacto con la gente. Las cosas parecían ir de mal en peor: Su primera hija, Olga, fue, para Nicolás, un regalo. Sin embargo, el tiempo pasaba, los partos se sucedían, y después de cuatro hijas, los zares aún no tenían un heredero al trono. Alejandra se volvió más retraída, obtusa, autoritaria. No toleraba que le llevaran la contraria y no cumplía con sus deberes para con el pueblo Ruso. Y mientras la guerra entre la Viuda y la zarina se convertía en un secreto a voces, Nicolás observaba sin hacer nada.

 

Entretanto, Alejandra conseguía, por fin, convencer a su Nicky de algo: Tal vez un hechicero consiguiera traerles el varón que tanto esperaban. Al fin y al cabo, toda la aristocracia rusa le había cogido el gusto a los juegos esotéricos y a hablar con el más allá. ¿Por qué no iban ellos a unirse a aquel desenfrenado misticismo? Y tras desgraciados y esperpénticos intentos de concepción, al fin, en 1904, llegó el ansiado varón: Alexei Nicholaievich.

 

Alegría, júbilo, gozo. El talante festivo de la corte duró poco. A los pocos días del nacimiento del heredero, la enfermedad que podía echar a perder toda una dinastía salió a la luz: Hemofilia. La familia decidió mantenerla en secreto, por lo que los zares y sus hijos se aislaron poco a poco y cada vez más de la corte y del pueblo. Era el momento, Rasputín tenía el camino despejado. Grigori estaba preparado para entrar como un elefante en una cacharrería y destruir la salud mental de la zarina, poner patas arriba toda la corte, y terminar de destrozar todas las Rusias.

 

Se ganó desde el principio la confianza de Alejandra, quién contagió su fe ciega a Nicolás. Rasputín aliviaba los dolores de su pequeño príncipe, le salvaba la vida con sus poderes de milagrero, y era un líder espiritual que la zarina se resistía a abandonar. Los chismes acerca de una posible relación entre el siberiano y la alemana recorrieron todo San Petesburgo. La situación se volvía cada vez más tensa. La aristocracia, que antes idolatraba a Rasputín, se divide en dos frentes, y cuando el Zar parte a combatir en la primera mundial, dejando a su mujer al mando, el país estalló. No era la zarina quién los gobernaba, sino el déspota Grigori Rasputín.

 

Había llegado el momento de actuar. Félix Yusúpov, marido de una de las sobrinas del Zar, segundo hombre más rico de Rusia, decidió tomar cartas en el asunto. Organizó un complot, reclutó aliados, y el 16 de noviembre de 1916, el amanerado Félix le pegaba un tiro a Grigori Rasputín. Sin embargo, no fue tan sencillo acabar con el siberiano: Cuando los aristócratas rebeldes abandonaron su cuerpo sobre la alfombra del salón del palacio del instigador, el falso milagrero arrastró su cuerpo malherido por las estancias de la residencia de Félix Yusúpov hasta llegar al jardín.

 

–¡Dispara, se está escapando! –Gritó el príncipe a su cómplice. ¡Bum! Uno, ¡Bum! dos tiros errados.

 

–¡Felix, Felix! –Berreaba Rasputín. –¡Se lo contaré todo a la Zarina! – ¡Bum! El tercero acertó en la espalda. ¡Bum! El cuarto pareció rematar a la presa: Le había atravesado la cabeza.

 

Tres días más tarde unos paseantes descubrieron el cuerpo inerte de Rasputín flotando en el río. La autopsia confirmó que aún estaba vivo cuando lo arrojaron al agua.

 

Para entonces, Rusia ya había tenido suficiente. En marzo de 1917 las multitudes se movilizaron: Convocaban huelgas, ocupaban las calles, reclamaban su dignidad, el Zar abría fuego contra el pueblo y los soldados se amotinaban. Nicolás II abdicó en favor de su hermano, y su hermano abdicó en favor de nadie. El gobierno de los Romanov se pulverizaba, y la familia Imperial era recluida, nadie sabía muy bien para qué.

 

El 17 de julio de 1918 acabó todo. Después de más de ochenta días cautivos, la familia imperial fue informada de que los iban a trasladar del piso superior de la casa en la que estaban recluidos al sótano, solo por su seguridad. Se les pidió que se alinearan en la pared para tomarles una foto. Los ejecutores, comandados por Yurovski, entraron en la habitación estrepitosamente.

 

–Sus Eminencias, Zares de Rusia: ya que sus parientes en Europa continúan en ofensiva contra la Rusia Soviética, el Comité Ejecutivo de los Urales los ha condenado a morir fusilados. -Proclamó, triunfante, Yurovski. El bolchevique levantó el revolver con decisión.

 

–¿Qué? -Preguntó, desconcertado, Nicolás, volviéndose hacia su familia.No alcanzó a percatarse de lo que ocurría: Yurovski Disparó y el Emperador de todas las Rusias cayó al suelo en un coro de gritos. Alejandra y las Grandes Duquesas trataron de protegerse, pero se desplomaron después de dos ráfagas de disparos, absorbidas por una nube de pólvora. Cuando se dispersó la humareda, los bolcheviques remataron a bayonetazos a las dos supervivientes: Anastasia y María.

 

Ese es el final de una dinastía que permaneció más de trescientos años en el trono de Rusia. Es el final de una historia de héroes místicos y creencias inconcebibles. El final de un modo de vida, de un Imperio, e incluso el final de cualquier resquicio de humanidad. Pero debajo de todos sus errores, más allá del matrimonio que se condenó a sí mismo, subyace un amor que superó todas las dificultades y que fue más allá de la locura, la enfermedad, y la muerte.

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