Angela Vicario | Doña Jimena y Maria Teresa, bajo la sombra del hombre.
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Doña Jimena y Maria Teresa, bajo la sombra del hombre.

Sean bienvenidas, vuesas mercedes. Hoy, y con la iniciativa de #EstaNavidadRegalaAutoras, quiero traeros una de las grandes de la Generación del 27, una mujer Sinsombrero que aun hoy sigue oculta a la sombra de Rafael Alberti, pero también quiero que conozcáis la que es una de mis novelas preferidas por todos los timepos, de la que es autora: Doña Jimena Díaz de Vivar, gran señora de todos los deberes.

 

Olvidada por sí misma y por los demás, la burgalesa María Teresa León Goyri jamás ha aparecido en los libros de literatura. Perteneciente a la generación del 27 y profundamente revolucionaria, ya libraba su propia guerra antes de 1936: Incluso de adolescente reivindicaba los derechos de la mujer en la prensa local y pertenecía a círculos intelectuales contrarios a la dictadura de Primo de Rivera. Con dieciséis años contrajo un matrimonio destinado a romperse: Diez años después, en 1930, huyó a Madrid, dónde conoció a Alberti y se unió aquellos que se hacían llamar Generación del 27. Se casaron en 1932. Ambos formaron parte del Socorro Rojo Internacional, recorrieron más de media Europa en busca de nuevas corrientes literarias, acudieron al Primer Congreso de Escritores Soviéticos, y fundaron la revista Octubre, órgano de los Escritores y Artistas revolucionarios. En ella se declararon abiertamente en contra el imperialismo y el fascismo: Estaban comprometidos con sus ideales políticos hasta el cuello, así que tarde o temprano tenía que ocurrir. Llegó la guerra, y con ella un exilio que quedó en el olvido. Así fueron las mujeres del 27: Grandes intelectuales que no tuvieron más remedio que retirarse para ser eclipsadas bajo la sombra de los nombres de Lorca, Alberti o Aleixandre. Bajo la sombra de la historia. 

 

***

 

Doña Jimena Díaz de Vivar, Gran Señora de todos los deberes, es un libro que merece algo más que una pequeña reseña como esta. María Teresa nos presenta con él, la historia del Cid desde el otro lado. Desde un lugar en el que no hay batallas épicas, en el que no hay héroes, desde un sitio en el que solo hay cabida para el desamparo: Doña Jimena es la gran sufridora de la desventura de su Campeador. Es la que espera sin recibir noticias, la que envejece lentamente alejada de su amado, la que se lamenta por las artimañas que sus enemigos emplearon para hundirlos a ella y a su Rodrigo… Es la madre, la esposa, la persona que los cantares de gesta tratan de ocultar bajo un manto de leyenda. Es la gran olvidada, la sufridora relegada a un segundo plano. Es, en definitiva, María Teresa León.

 

Se sentaban en las piedras donde los niños gozaron de su infancia, en el templo, en el claustro de los Santos Mártires, en el cocinón, pero las caras ya no correspondían (…) Hasta quisieron, a veces, los nuevos leguillos cantarle aquello de “¡Hay, qué buen vasallo…!”, pero Jimena lo impidió porque se le llenaba de espinas el alma, y para qué, si ya todos estaban muertos. Ella permanecía a trasmano en medio de las lumbres crudas del estío, de las tornadas de los inviernos, de las solemnes apariciones de la primavera.

 

Doña Jimena Díaz de Vivar se lamenta en su soledad mientras María Teresa llora su destierro. Al fin y al cabo, la escritora y su personaje no son tan diferentes. Jimena no puede soportar la idea de sentirse recluida en Cardeña, privada de sus propiedades, separada de su Cid; pero tampoco es capaz de no añorar su tierra cuando el amado Campeador la lleva consigo a Valencia. María Teresa es una Jimena de carne y hueso que, desde Argentina, se siente privada de su libertad. La patria está al otro lado del Atlántico, sometida, dominada por el fascismo contra el que tanto había luchado. España es inalcanzable, un lugar al que sabe que jamás podrá volver, y eso la llena de pesadumbre.

 

Aun en su exilio, María Teresa no puede cerrar la puerta a sus ideales, así como Jimena no se permite un instante de asueto: ¡Basta, la vida sigue, y el cuidado de la Valencia del Cid no aguarda!  Así que María Teresa no cesa su actividad reivindicativa. Tal vez pueda hacer algo por sus ideales, aunque sea desde otro continente…

 

Aunque haya quedado lejos Castilla, despedido el portero de Alfonso en la raya de Medinaceli, alejados los rumores profundos de la patria, Jimena comprueba con exactitud la obra de Dios, quién ordenó a las piedras de los montes moros cubrirse de los mismos tomillos y batir a iguales soles y vientos idénticos, romeros y retamas. Todo es igual.

 

Su amor y defensa del teatro la llevan a colaborar con la actriz española exiliada, Carmen Caballero, en un programa de radio, donde comentan obras teatrales y zarzuelas. Sin embargo, María Teresa no puede quedarse como una mera colaboradora, ella necesita algo más. Necesita un programa propio. Y la oportunidad llega en Radio El Mundo, donde se hace dueña y señora de Charlas con María Teresa, así como Jimena se hace dueña y señora de Valencia.

Años y años… ¡Más de trece lleva escondida! En el caso de María Teresa, más de veinte: Para cuando regresa a Europa, ya han pasado veintitrés años desde la última vez que vio su país. Veintitrés. Dos décadas en las que, a pesar de haber cruzado el charco, no fue para mirar hacia occidente. Y es que el matrimonio no pudo resistirse a experimentar en primera persona los cambios surgidos de la revolución maoísta.

 

En 1967, María Teresa vuelve a Europa. El matrimonio Alberti–León se instala en una casa del Trastevere, en Roma. Allí, la escritora finaliza su obra autobiográfica, sin embargo, mientras la termina, comienza a sufrir los primeros síntomas de Alzheimer, que ella misma reconoce:

 

Me encuentro como paralizada. Mi parálisis se comenta, se critica y hasta se canta. (…) Doy un golpe seco contra mi corazón y todo enmudece. Entonces no sé si es la mano o el corazón lo que me duele o si los que me miran se ríen al comprender lo que yo no comprendo de mí misma. Han pasado gentes, ríos, mares, lluvias y soles sobre mí. Me asusta mirarme a los espejos porque ya no veo nada en mis pupilas y, si oigo, no sé lo que me cuentan y no sé por qué ponen tanta insistencia en reavivarme la memoria. Pero sufro por olvidar y cuando se me despeja el cielo o me abren la ventana, siento que me empujan hacia delante, hacia la pena, hacia la muerte.

 

Si bien es cierto que volvió a España, su espíritu quedó exiliado para siempre. La enfermedad que la llevaba acosando desde su estancia en Roma, le impidió ser consciente de su vuelta a la anhelada patria, en 1977. Olvidó cómo al comienzo de la Guerra Civil vivió escondida junto con Alberti en los bosques ibicencos, peregrinando entre molinos, la playa y el monte durante veinte días. Olvidó cómo defendió a la República con convencimiento como secretaria de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Olvidó su decisiva intervención para la evacuación de los cuadros más Valiosos del Prado. Desaparecieron de su memoria Las Meninas, el Carlos V de Tiziano, y los nombres del Greco, Zurbarán y Goya. Desapareció toda ella, perdida en unos recuerdos que ya no existían, privada de la permanencia en la memoria colectiva de los que la sucedieron. Eliminada, esfumada, desterrada.

 

¿Te duele demasiado la muerte? ¿Tanto como a mi la vida? Digo que basta, porque vosotros, los caballeros vivís, y nosotras apenas respiramos, solas, muriendo.

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