Angela Vicario | LA RENDICIÓN DE BREDA
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LA RENDICIÓN DE BREDA

Mi padre murió de un arcabuzazo en el muslo después del fin de la Tregua de los Doce Años. Era un Tercio de Flandes, ylos flamencos lo mataron a él y a mi tío un día en el que llovía a cántaros. Atravesáronle los holandeses el gaznate a mi tío con una lanza; a mi padre vino a verle la Muerte después de que se le envenenara la sangre. Todo ocurrió el mismo año en que Dios se llevó a nuestro Rey Felipe III: 1621.

 

El testamento de mi padre solo nos dejaba la mitad de unas pagas atrasadas que jamás llegaron. La otra mitad se la destinaba a sí mismo el capellán que se encargó del testamento. Mi herencia era un padre muerto y más de seis escudos de aire.

 

Yo nunca quise ser soldado, y mucho menos después de quedar huérfano y convertirme en cabeza de familia. Soy el mayor de cinco hermanos, y el único varón. Mas allá por 1625, Olivares proyectó su Unión de Armas. Entre los 140.000 hombres que el Conde Duque ordenó reclutar, me encontraba yo: un mancebo de diecisiete años que temblaba al ver desenvainar un mosquete.

 

Así acudí a la llamada del deber y tuve el dudoso honor de servir a esta nuestra patria en decadencia. No estoy orgulloso de lo que he recorrido en los últimos siete años, pero si hay algo que no olvidaré jamás, si es que llego a viejo, será la toma de la ciudad de Breda. Acudimos a la ciudad seguidos por una canalla de gentuza: de prostitutas, vagabundos y comerciantes que peleaban como lobos hambrientos por las armaduras de los muertos para venderlas a aquellos a los que les sobraba el suficiente sueldocomo para comer algo más que el pan de munición que repartía el proveedor de víveres. Oí en aquella época a veteranos hablar de pestilencias que aquella masa de centeno pútrido había provocado en más de una guarnición.

 

Cuando entré a formar parte de las tropas comprendí por qué mi padre no nos había dejado nada: La mitad del sueldo lo pagaban en especie. En pan, en ropas, en bebida. La otra mitad apenas llegaba para subsistir. Se cuenta que Spínola y un allegado comentaron, una noche de cerveza y buen vino, algo que se acercaba a lo que sigue: Es bueno que anden escasos de dinero algunas veces, a fin de hacerles más obedientes y que vivan de la esperanza.

 

Al alistarme se me dio un uniforme de gabán, calzones, chaqueta, camisa, ropa interior y medias. Se me dijo que los zapatos se me cambiarían al pasar un año. Mas al no haber reales en las arcas españolas para pagar al ejército, cuando llegué a Breda, mi aspecto era lastimoso como el de un perro viejo y mojado. Allí ya había comenzado el sitio. Spínola había cercado la ciudad desobedeciendo al nuevo Rey, Felipe IV. En vistas de que el asedio se oteaba luengo, los Capitanes comenzaron a preocuparse por la moral de las tropas. Para entonces yo ya había sufrido rencillas con algún que otro camarada, pues la vida en estas condiciones propicia las riñas, y más aún cuando los soldados no tienen un enemigo a quien cornear. Los toros más bravos, a falta de sangre, gastaban la mitad de su paga en bebida, y luego acudían al socorro que a veces ofrecían los Capitanes. El socorro era un adelanto de la paga. Pero cuando no hay dinero, no hay ni sueldo ni socorro.

 

La estrategia de Spínola nos succionó el alimento y el sustento a ambos bandos: nos sabíamos el centro de la Cristiandad. Los ojos estaban puestos en nosotros. De cuando en cuando, llegaban las noticias de la patria: la monarquía parecía a punto de hundirse y las arcas estaban tan vacías como nuestros estómagos. La victoria llegó al igual que en los cantares de leyenda: Cuando más aciaga parecía la situación y más oscuro y tenebroso el horizonte. El triunfo fue glorioso, nos creímos los dueños de Flandes. Pensamos, pobres inocentes, que aquella derrota aplastaría a los flamencos. Entramos en la ciudad asombrados por la cantidad de víveres que guardaban en sus arcas. Nosotros, los desdichados Tercios, habíamos estado a punto de morir de hambre, sin un mendrugo de pan que llevarnos a la boca. Nuestras ropas lucían desgarradas e inservibles, y nuestra salud amenazaba con obligarnos a abandonar el mundo de los vivos. Yo tenía certeza de que si moría allí sin confesión iría al infierno sin oportunidad de redención. Nos sabíamos afortunados, pues nuestro contrincante, Justino de Nassau, había resistido heroicamente nuestro asedio. Sin embargo, Spínola había aislado a la ciudad e impidió de una forma maestra que Breda recibiera víveres. Para mí, y para el mundo conocido, fue una lección de estrategia que pocos olvidarían.

 

Los gallardos españoles, recibimos a Justino de Nassau sin arrogancia, y respetamos el honor del ejemplar contrincante. El perdón engrandece más que la venganza: Nuestro general no permitió pues, que Nassau le entregara la ciudad arrodillado. Desde entonces vi la guerra con ojos nuevos.

 

Aun hoy, en 1632, después de las miserias que el malvivir del ejército me ha obligado a soportar, aquel día de 5 de junio de 1625 cambió aquel odio que albergaba hacia la guerra. Vi la grandeza del hombre aun cuando es ganador, y la dignidad de un perdedor que no pierde el honor al agachar la cabeza ante un gran rival. Aun hoy, tras escuchar cómo Felipe IV trata de atrasar la paga de la tropa cuatro o cinco días cada mes para reducir las doce pagas del año a diez, creo más en Dios y en la voluntad de los buenos hombres que cuando el Conde Duque nos envió a 140.000 infelices a una muerte casi segura.

 

La guerra que libramos está perdida: los holandeses han vuelto a levantarse. Mas he hecho de Flandes el lugar al que pertenezco. Es un hogar mísero, un campo de batalla constante en el que he aprendido un burdo francés y en el que me he desposado con una hija del enemigo. Soy uno de esos toros que necesitan cornear para sobrevivir. Me sé hijo de la España a la que jamás retornaré. Mas, aun por encima de todo ello, soy heredero de la guerra sin sentido que siguen librando nuestros Austrias.

 

FUENTES:

  1. VICENS VIVES, J. (Coord.), Historia de España y América Volumen III, Barcelona: Vicens Vives, 1985.

  2. PARKER, Geoffrey. El ejército de Flandes y el Camino Español 1567–1659, Madrid: Alianza Editorial, 2000.

  3. STRADLING, R. A. “Capítulo I: De guerras menores a guerra total” (pp.75–118) en Europa y el declive de la estructura imperial española 1580–1720, Madrid: Ediciones Cátedra S.A, 1992.

  4. GARRIDO GONZÁLEZ, Antonio (Coord.), “La España del siglo XVII: la decadencia del Imperio” (pp.118–133) en Historia Bachillerato, Barcelona: Grupo Edebé, 2003.

  5. Obtenido de: https://es.wikipedia.org/wiki/Sitio_de_Breda_(1625)[12–2–2016]

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